Centro de Gobierno Corporativo

La triple importancia de la sostenibilidad en las compañías cotizadas y algunos retos para el 2021

Uno de los impactos del Covid en materia de buen gobierno ha sido el incremento de la relevancia de los temas sociales, que se integran en el acrónimo ESG (asuntos medioambientales, sociales y de buen gobierno, en español). Si hasta 2020 los consejos de administración venían prestando cada vez más atención a los temas medio ambientales (después de habérselo dedicado en el pasado casi en exclusiva al buen gobierno) la pandemia ha supuesto el refuerzo en los debates y la supervisión del consejo de temas como la salud y el bienestar de los trabajadores, el nivel de motivación y compromiso o la coherencia entra las políticas de gestión de los equipos directivos y las del conjunto de los empleados; todos ellos ingredientes de la S de los asuntos ESG.

Desde la salida de la crisis financiera y económica de 2008, se había abierto el debate de como revertir el progresivo distanciamiento (brecha) entre el creciente progreso económico y el “irregular” progreso social que le ha acompañado, y como desde todos los ámbitos (político, legislativo, regulatorio, civil y empresarial) había que contribuir a limitar el impacto que este hecho estaba produciendo en la cada vez mayor desafección de numerosas capas de nuestra sociedad al modelo de capitalismo que hemos conocido y de democracia liberal como modelo político y social sobre el que se sustenta nuestra actividad económica y empresarial.

Estamos asistiendo a un creciente interés y dedicación de todo tipo de instituciones y colectivos en el ámbito de la empresa (auditores, consultores, abogados, dircoms, directores de RRHH, responsables de relación con inversores, sindicatos, inversores y gestores de activos, asociaciones de directivos, consejeros, etc.) a la responsabilidad social corporativa, la sostenibilidad o los asuntos ESG (no quiero entrar en el debate semántico y conceptual que hay detrás de estas nomenclaturas), como una respuesta adecuada que desde el propio ámbito empresarial puede contribuir a cerrar la brecha mencionada, y que está retroalimentando el debate e incrementando su relevancia. ¿Será en todos los casos un interés cierto, verdadero, convencido? ¿Será un interés cosmético, artificial, falso? Hay razones para sospechar que no en todos los casos es igual y que el cambio o la transformación que deducimos se está produciendo ni es todo lo profunda ni sólida ni avanza a la rapidez esperada.

Si no fuera así no se entenderían noticias como la del pasado 3 de diciembre del diario Expansión, cuando publicaba que Blackrock, principal inversor institucional, añadiendo un poco más de urgencia al tema de este artículo, se opondrá y votará en contra (hasta ahora se abstenía) de los planes o temas  estratégicos de 240 compañías durante la temporada de juntas de 2021 (incluido la renovación de consejeros) si no mejoran sus políticas de sostenibilidad.

Es sin duda un nuevo toque de atención a las compañías en las que invierten de que la sostenibilidad no es simplemente un elemento de cumplimiento sino un aspecto directamente vinculado al futuro, a la opción estratégica que el consejo debe analizar, debatir, aprobar y supervisar en su ejecución. Es interesante ver en las declaraciones de Blackrock la mención de que no van a dejar de poner foco y presión sobre temas sociales como la diversidad, la formación de los empleados o las políticas de rsc (como anticipándose a quienes piensan que con el fin de la pandemia se volverán a concentrar exclusivamente en temas de buen gobierno y medio ambientales).

La próxima temporada de juntas en España, como describíamos en el informe del Center for Corporate Governance de Esade de octubre de 2020, va a atraer mucho interés y foco en los informes no financieros de las compañías, hasta ahora no suficientemente valorados, y va a haber un escrutinio mayor por parte de inversores y proxy advisors sobre ellos, en especial en asuntos como la gestión del capital humano, la supervisión de riesgos o la coherencia entre las políticas de retribución para empleados y alta dirección.

Es en este punto del “reporting” donde todavía existe un vacío en el mercado, pues no hay consenso en los estándares que permitan a accionistas, inversores o cualquier otro grupo de interés entender si “su” compañía está dando una respuesta correcta a la demanda de que la generación de valor financiero y no financiero de las compañías vaya en paralelo, que es a lo que debe contribuir el mencionado informe no financiero.

Hay muchas iniciativas abiertas para establecer un estándar más universal y que evite ver la misma compañía en lo alto de un “ranking” en asuntos ESG y en la cola del siguiente que se publique. Por ello puede ser interesante el anuncio realizado hace pocos días realizado por el International Reporting Council (IIRC) y el Sustainability Accounting Standards Board (SASB) dev que avanzan hacia una fusión en una única institución, que quizás permita en no mucho tiempo producir un estándar global de transparencia en el ámbito no financiero. Bienvenido sea el esfuerzo y es deseable por el bien del mercado que finalice exitosamente.

Los asuntos ESG en el 2021

Estamos observando, por lo tanto, una gran transformación en la valoración de los diferentes elementos de lo que entendemos por sostenibilidad, que va mucho más allá de cambios regulatorios habidos (de hecho, la responsabilidad de los consejos de administración en España no ha cambiado sustancialmente desde la reforma de la Ley de Sociedades de Capital de 2014 y el Código de Buen Gobierno de 2015, salvo en el ámbito de la transparencia o reporting). Lo que está cambiando y acelerando la transformación es la expectativa que tienen los inversores y accionistas institucionales, que está creciendo de año en año ( y que puede observarse en el extraordinario crecimiento de los activos bajo gestión con criterios ESG, que se han duplicado desde 2015 a 2020 hasta los más de 100 trillones de dólares y se prevé que se vuelvan a duplicar en los próximos 5 años); y que exige a las compañías, a sus consejos y sus gestores actuar en muchas dimensiones, alguna de las cuales me permito relacionar:

  1. Reflejar la importancia de los asuntos ESG en la agenda del Consejo, y en su propia organización y configuración. Mejorar la formación y las capacidades del Consejo, como única vía de mejorar su criterio, y su capacidad de supervisión.
  2. Incluirlo adecuadamente en el debate estratégico; anclar el ESG con el negocio, con los productos y/o servicios de la compañía.
  3. Desarrollarlo con coherencia en el conjunto de sus políticas de gestión (desde la financiación a la gestión de personas). Revisar cómo están considerados los riesgos no financieros en el mapa y en la gestión de riesgos de la compañía.
  4. Valorar si los planes de objetivos y las políticas de retribución variable de sus altos directivos reflejan adecuadamente la importancia que los accionistas e inversores están dando a los asuntos ESG (hoy todavía en nuestro mercado poco relevante).
  5. Verificar que la comunicación de la compañía y el reporting no financiero cubre suficientemente las expectativas de información y transparencia de los accionistas y el resto de grupos de interés, en esta área.
  6. Conectar y dialogar de forma sistemática con los accionistas, inversores, empleados, clientes, proveedores y administraciones públicas para asegurar que entendemos su sensibilidad y sus preocupaciones respecto a nuestra actividad en este ámbito y nos permita retroalimentar y mejorar el conjunto de nuestra acción ESG.

Los asuntos de ESG han cobrado importancia en 2020 debido a la Covid-19, y también lo ha hecho la transformación digital. Si todavía no has digitalizado la gestión de los órganos de gobierno te animamos a descubrir las soluciones de Diligent en una demostración personalizada. Solicítela aquí. 

BLOGS DESTACADOS